Ruben Dario

Rubén Darío, El Tigre

Soy el tigre. Te acecho entre las hojas anchas como lingotes de mineral mojado.

El río blanco crece

bajo la niebla. Llegas.

Desnuda te sumerges.

Espero.

Entonces en un salto

de fuego, sangre, dientes,

de un zarpazo derribo

tu pecho, tus caderas.

Bebo tu sangre, rompo

tus miembros uno a uno.

Y me quedo velando por años en la selva tus huesos, tu ceniza, inmóvil, lejos del odio y de la cólera, desarmado en tu muerte, cruzado por las lianas, inmóvil, lejos del odio y de la cólera, desarmado en tu muerte, cruzado por las lianas, inmóvil en la lluvia, centinela implacable de mi amor asesino.

Rubén Darío, Letanía de

Nuestro Señor Don Quijote

Rey de los hidalgos, señor de los tristes, que de fuerza alientas y de ensueños vistes, coronado de áureo yelmo de ilusión; que nadie ha podido vencer todavía, por la adarga al brazo, toda fantasía, y la lanza en ristre, toda corazón.

Noble peregrino de los peregrinos, que santificaste todos los caminos con el paso augusto de tu heroicidad, contra las certezas, contra las conciencias y contra las leyes y contra las ciencias, contra la mentira, contra la verdad.

¡Caballero errante de los caballeros, varón de varones, príncipe de fieros, par entre los pares, maestro, salud! ¡Salud, porque juzgo que hoy muy poca tienes, entre los aplausos o entre los desdenes, y entre las coronas y los parabienes y las tonterías de la multitud!

¡Tú, para quien pocas fueron las victorias antiguas y para quien clásicas glorias serían apenas de ley y razón, soportas elogios, memorias, discursos, resistes certámenes, tarjetas, concursos, y, teniendo, a Orfeo, tienes a orfeón!

Escucha, divino Rolando del sueño, a un enamorado de tu Clavileño, y cuyo Pegaso relincha hacia ti; escucha los versos de estas letanías, hechas con las cosas de todos los días y con otras que en lo misterioso vi.

¡Ruega por nosotros, hambrientos de vida, con el alma a tientas, con la fe perdida, llenos de congojas y faltos de sol, por advenedizas almas de manga ancha, que ridiculizan el ser de la Mancha, el ser generoso y el ser español!

¡Ruega por nosotros, que necesitamos las mágicas rosas, los sublimes ramos de laurel! Pro nobis ora , gran señor. Tiembla la floresta de laurel del mundo, y antes que tu hermano vago, Segismundo, el pálido Hamlet te ofrece una flor.

Ruega generoso, piadoso, orgulloso, ruega casto, puro, celeste, animoso; por nos intercede, suplica por nos, pues casi ya estamos sin savia, sin brote, sin alma, sin vida, sin luz, sin Quijote, sin pies y sin alas, sin Sancho y sin Dios.

De tantas tristezas, de dolores tantos, de los superhombres de Nietzsche, de cantos áfonos, recetas que firma un doctor, de las epidemias de horribles blasfemias de las Academias, líbranos, señor.

De rudos malsines, falsos paladines, y espíritus finos y blandos y ruines, del hampa que sacia su canallocracia con burlar la gloria, la vida, el honor, del puñal con gracia, ¡líbranos, señor!

Noble peregrino de los peregrinos, que santificaste todos los caminos, con el paso augusto de tu heroicidad, contra las certezas, contra las conciencias y contra las leyes y contra las ciencias, contra la mentira, contra la verdad.

¡Ora por nosotros, señor de los tristes que de fuerza alientas y de ensueños vistes, coronado de áureo yelmo de ilusión! ¡que nadie ha podido vencer todavía, por la adarga al brazo, toda fantasía, y la lanza en ristre, toda corazón!

Los Motivos del Lobo

El varon que tiene corazon de lis,

alma de querube, lengua celestial,

el minimo y dulce Francisco de Asis,

esta con un rudo y torvo animal,

bestia temerosa, de sangre y de robo,

las fauces de furia, los ojos de mal.

El lobo de Gubbia, el terrible lobo,

rabioso, ha asolado los alrededores,

cruel, ha deshecho todos los rebanos;

devoro corderos, devoro pastores,

y son incontables sus muertos y danos.

Fuertes cazadores armados de hierros

fueron destrozados. Los duros colmillos

dieron cuenta de los mas bravos perros,

como de cabritos y de corderillos.

Francisco salio.

Al lobo busco

en su madriguera.

Cerca de la cueva encontro a la fiera

enorme, que al verle se lanzo feroz

contra el. Francisco, con su dulce voz,

alzando la mano,

al lobo furioso dijo: – Paz hermano

lobo! El animal

contemplo al varon de tosco sayal;

dejo su aire arisco,

cerro las abiertas fauces agresivas,

y dijo:

– Esta bien, hermano Francisco!

– Como! exclamo el santo -. Es ley que

tu vivas de horror y de muerte?

La sangre que vierte

tu hocico diabolico, el duelo y espanto

que esparces, el llanto

de los campesinos, el grito, el dolor

de tanta criatura de Nuestro Senor,

no han de contener tu encono infernal?

Vienes del infierno?

Te ha infundido acaso su rencor eterno

Luzbel o Belial?

Y el gran lobo, humilde:

– Es duro el invierno,

y es horrible el hambre! En el bosque helado

no halle que comer, y busque el ganado,

y en veces comi ganado y pastor.

La sangre? Yo vi mas de un cazador

sobre su caballo, llevando el azor

al puno; o correr tras el jabali,

el oso o el ciervo; y a mas de uno vi

mancharse de sangre, herir, torturar,

de las roncas trompas al sordo clamor,

a los animales de Nuestro Senor.

Y no era por hambre,

que iban a cazar.

Francisco responde: – En el hombre existe

mala levadura.

Cuando nace, viene con pecado. Es triste.

Mas el alma simple de la bestia es pura.

Tu vas a tener

desde hoy que comer.

Dejaras en paz

rebanos y gente en este pais.

Que Dios melifique tu ser montaraz!

– Esta bien, hermano Francisco de Asis.

– Ante el Senor, que toda ata y desata,

en fe de promesa tiendeme la pata.

El lobo tendio la pata al Hermano

de Asis, que a su vez le alargo la mano.

Fueron a la aldea. La gente veia

y lo que miraba casi no creia.

Tras el religioso iba el lobo fiero,

y, bajo la testa, quieto le seguia

como un can de casa, o como un cordero.

Francisco llamo la gente a la plaza

y alli predico:

Y dijo: He aqui una amable caza.

El hermano lobo se viene conmigo;

me juro no ser ya vuestro enemigo,

y no repetir su ataque sangriento.

Vosotros, en cambio, dareis su alimento

a la pobre bestia de Dios, – Asi sea!

contesto la gente toda de la aldea,

Y luego, en senal

de contentamiento,

movio la testa y cola el buen animal,

y entro con Francisco de Asis al convento.

Algun tiempo estuvo el lobo tranquilo

en el santo asilo.

Sus bastas orejas los salmos oian

y los claros ojos se le humedecian.

Aprendio mil gracias y hacia mil juegos

cuando a la cocina iba con los legos,

y cuando Francisco su oracion hacia,

el lobo las pobres sandalias lamia.

Salia a la calle,

iba por el monte, descendia al valle,

entraba a las casas y le daban algo

de comer. Mirabanle como a un manso galgo.

Un dia, Francisco se ausento. Y el lobo

dulce, el lobo manso y bueno, el lobo probo,

desaparecio, torno a la montana

y recomenzaron su aullido y su sana.

Otra vez sintiose el temor, la alarma

entre los vecinos y entre los pastores;

colmaba el espanto en los alrededores,

de nada servian el valor y el arma

pues la bestia fiera

no dio treguas a su furor jamas,

como si estuviera

fuegos de Moloch y de Satanas.

Cuando volvio al pueblo el divino santo,

todos los buscaron con quejas y llanto,

y con mil querellas dieron testimonio

de lo que sufrian y perdian tanto

por aquel infame lobo del demonio.

Francisco de Asis se puso severo.

Se fue a la montana

a buscar al falso lobo carnicero.

Y junto a su cueva hallo a la alimana.

– En nombre del Padre del sacro Universo,

conjurote – dijo – oh lobo perverso!

a que me respondas: – Por que has vuelto al mal?

Contesta. Te escucho.

Como en sorda lucha, hablo el animal,

la boca espumosa y el ojo fatal:

– Hermano Francisco, no te acerques mucho…

yo estaba tranquilo, alla en el convento,

al pueblo salia,

y si algo me daban estaba contento,

y manso comia.

Mas empece a ver que en todas las casas

estaban la Envidia, la Sana, la Ira,

y en todos los rostros ardian las brasas

de odio, de lujuria, de infamia y mentira.

Hermanos a hermanos hacian la guerra,

perdian los debiles, ganaban los malos,

hembra y macho eran como perro y perra,

y un buen dia todos me dieron de palos.

Me vieron humilde, lamia las manos

y los pies. Seguia tus sagradas leyes,

todas las criaturas eran mis hermanos,

los hermanos hombres, los hermanos bueyes,

hermanas estrellas y hermanos gusanos.

Y asi, me apalearon y me echaron fuera,

y su risa fue como un agua hirviente,

y entre mis entranas revivio la fiera,

y me senti lobo malo de repente;

mas siempre mejor que esa mala gente.

Y recomence a luchar aqui,

a me defender y a me alimentar,

como el oso hace, como el jabali,

que para vivir, tienen que matar.

Dejame en el monte, dejame en el risco,

dejame existir en mi libertad;

vete a tu convento, hermano Francisco,

sigue tu camino y tu santidad.

El santo de Asis no le dijo nada.

Le miro con una profunda mirada,

y partio con lagrimas y con desconsuelos,

y hablo al Dios Eterno con su corazon.

El viento del bosque llevo su oracion.

Que era: Padre nuestro, que estas en los cielos…!

Ruben Dario

El hombre es un lobo para el hombre.

Plauto

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